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LA HISTORIA DEL CAPITALISMO Y EL CARÁCTER DE LOS INDIVIDUOS

LA HISTORIA DEL CAPITALISMO Y EL CARÁCTER DE LOS INDIVIDUOS
Por Horacio G. CORBIÈRE - Abril 2003

Para comprender los efectos de la globalización y del liberalismo económico sobre países subdesarrollados como los Latinoamericanos, es menester antes ahondar en las razones sociales que dieron origen
Este escrito no es más que una síntesis ordenada de párrafos textuales de la monumental obra “El
miedo a la libertad” del psicólogo y pensador alemán Erich Fromm, célebre por aplicar la teoría
psicoanalítica a los problemas sociales y culturales.
Los pocos agregados que he realizado los he diferenciado de ex profeso usando una tipografía más
pequeña y los he colocado generalmente al final del párrafo.
Para buscar el origen del capitalismo, nos debemos remontar a la Edad Media.
Lo que caracterizaba a la sociedad medieval, en contraste con la moderna, era la ausencia de
libertad individual.
La vida personal, económica y social se hallaba dominada por reglas y obligaciones a las que
prácticamente no escapaba esfera alguna de actividad.
Pero aun cuando una persona no estuviera libre en el sentido moderno de la palabra, no se hallaba
ni sola ni aislada.

En dicha sociedad, la organización económica de la ciudad era relativamente estática. Los
artesanos se hallaban unidos en sus gremios o corporaciones.
Si fabricaban buenas sillas, zapatos, pan, etc., eso era suficiente como para tener la seguridad de
vivir sin riesgos dentro del nivel que le estaba tradicionalmente asignado a su posición social.
Los gremios o corporaciones, impedían toda competencia seria entre sus miembros y regulaban la
cooperación en la compra de materias primas, las técnicas de producción y los precios de sus productos.
Estas organizaciones de artesanos, ofrecían una relativa seguridad a sus miembros con exclusión
de los recién llegados.

Hacia fines del siglo XV, la acumulación de capital era muy lenta.
La religión católica romana tenía una amplia influencia en los individuos de la sociedad medieval.
No queriendo establecer juicios de valor, en lo que se refiere a opiniones éticas de las actividades
económicas, seguimos la exposición de Tawney en cuanto a que los supuestos básicos de la vida
económica eran dos: Los intereses económicos se subordinaban al problema de la vida que era la
salvación y que la conducta económica era un aspecto de la conducta personal sometida, al igual
que las otras, a las reglas de la moralidad.
Como decía San Antonio aplicado a aquella época, "las riquezas son para el hombre y no el hombre
para las riquezas. “”Es lícito para un hombre buscar aquellas riquezas que son necesarias para
mantener el nivel de vida propio de su posición social. Buscar más no es ser emprendedor, sino ser
avaro, y la avaricia es un pecado mortal”.

Esta relativa estabilidad en la posición de los artesanos y de los mercaderes, que era la
característica de la ciudad medieval, fue debilitándose paulatinamente durante la última etapa de la
Edad Media, hasta que se derrumbó por completo durante el siglo XVI.
Primero en Italia con el Renacimiento y posteriormente en Europa Central y Occidental. Sin
embargo, fue en Europa Central donde se dieron las circunstancias para el desarrollo del
capitalismo.
Ya desde el siglo XIV, y aún antes, se había iniciado una diferenciación creciente en el seno de las
corporaciones de artesanos. Algunos miembros de los gremios poseían más capital que otros, y
empleaban cinco o seis jornaleros en lugar de uno o dos. Muy pronto, algunos gremios admitieron
solamente a las personas que dispusieran de cierto capital.
Mientras el comercio medieval había sido un modesto negocio interurbano, durante los siglos XIV y
XV, el comercio nacional e internacional creció rápidamente.
Las grandes compañías comerciales del siglo XV se estaban volviendo cada vez más poderosas y
se habían desarrollado en monopolios, que por la fuerza superior de su capital, amenazaban tanto
al pequeño comerciante como al consumidor.
De hecho, la reforma del emperador Segismundo, en el siglo XV, intentó restringir el poder de los
monopolios por medios legislativos.

La indignación y la ira del pequeño comerciante contra los monopolios fueron expresadas
elocuentemente por Lutero en su folleto “Sobre el comercio y la usura”, impreso en 1524:
“Ellos tienen bajo su vigilancia todos los bienes y practican sin disimulo todos los engaños que han
sido mencionados; suben y bajan los precios según su gusto y oprimen y arruinan a todos los
pequeños comerciantes, al modo como el lucio come los pececitos, justamente como si fueran
señores de las criaturas de Dios y no tuvieran que prestar obediencia a las leyes de la fe y el amor”
Estas palabras de Lutero habrían podido escribirse hoy.
Ciertos cambios significativos en la atmósfera psicológica acompañaron el desarrollo económico del
capitalismo.

Hacia finales de la Edad Media, cierto desasosiego fue penetrando la vida de las gentes mientras
comenzaba a desarrollarse el sentido de tiempo moderno. Un síntoma de este nuevo sentido del
tiempo, es el hecho de que en Nuremberg las campanas comenzaron a tocar el cuarto de hora a
partir del siglo XVI.

El tiempo tenía tanto valor, que la gente comenzó a darse cuenta que no debía gastarse en nada
que no fuera útil. El trabajo se transformó cada vez más en el valor supremo.
La nueva actitud se desarrolló con tanta fuerza que la clase media comenzó a indignarse con la
improductividad económica de las instituciones eclesiásticas.
El principio de la eficiencia asumió el papel de una de las más altas virtudes morales. Al mismo
tiempo el deseo de riqueza y de éxito material, llegaron a ser una pasión que todo lo absorbía.
Estos cambios económicos, acompañados por el cambio de atmósfera psicológica provocaron la
destrucción del sistema social medieval y con él la estabilidad y la relativa seguridad que ofrecía al individuo.

Ahora, con los comienzos del capitalismo, todas las clases comenzaron a moverse. Cada individuo
ya no tenía un lugar físico en el orden económico.

El individuo fue dejado solo; todo dependía de su propio esfuerzo y no de la seguridad de su
posición tradicional.

Cada clase se vio afectada de una manera distinta por este desarrollo, pero hasta para las más
afortunadas, el papel creciente del capital, del mercado y de la competencia condujo su situación
personal hacia la inseguridad, el aislamiento y la angustia.

El hecho de que el capital asumiera una importancia decisiva, significó que una fuerza impersonal
estaba ahora determinando su destino económico y, con él, su destino personal, la mano invisible de 
Adam Smith.

El capital había dejado de ser un sirviente y se había vuelto un amo.
En el mercado medieval, un productor sabía aproximadamente cuánto debía producir y podía estar
relativamente seguro de vender sus productos por un precio adecuado.
Ahora, ya no se podía definir por adelantado las posibilidades de venta y por tanto no era suficiente
producir mercaderías útiles.

Las leyes imprevisibles del mercado decidían qué productos podían ser vendidos y con qué beneficios.
El mecanismo del nuevo mercado parecía similar a la doctrina calvinista de la predestinación, según
la cual el individuo debe hacer todos los esfuerzos para ser bueno, pero mientras tanto su salvación
o perdición se halla decidida desde antes del nacimiento.

De la misma manera, el día que el productor iba al mercado a vender sus productos se tornaría el
día del juicio del mercado sobre los productos de su esfuerzo.

Con el surgir del capitalismo los principios de producción cooperativa, cedieron lugar cada vez más
al principio de la empresa individualista. Cada individuo debía seguir adelante y tentar suerte. Debía
nadar o hundirse. Los otros no eran ya sus aliados en una empresa común si no sus competidores,
y frecuentemente le individuo debía elegir entre su propia destrucción o la ajena.
El capitalismo liberó al individuo y le permitió elevarse por sí solo y tentar suerte.
El individuo se convirtió en dueño de su destino: suyo sería el riesgo, suyo el beneficio. El esfuerzo
individual podía conducirlo al éxito y a la independencia económica. La moneda se convirtió en un
gran factor de igualdad humana y resultó más poderosa que el nacimiento y la casta.
Pero a la vez, se ha liberado de aquellos vínculos que le otorgan seguridad y un sentimiento de
pertenencia. El mundo se ha vuelto ilimitado y al mismo tiempo amenazador.
Al perder un lugar fijo en un mundo cerrado, el hombre ya no posee una respuesta a las preguntas
sobre el significado de su vida; el resultado es la que ahora es víctima de la duda acerca de sí
mismo y del fin de su existencia.

Se halla amenazado por fuerzas supra personales como el capital y el mercado y sus relaciones
con los demás hombres se tornan lejanas y hostiles.

La nueva libertad está destinada a crear un sentimiento profundo de inseguridad...
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